Cuando terminé de escuchar el último episodio, “La caja de huequitos”, no pude evitar el apriete en los dientes, la mueca incómoda de la emoción. Le escribí a Paola Cadena, productora y creadora de Recordarte Podcast, para transmitirle con torpes palabras lo que me había parecido. Paola, generosa y cálida, unos meses después me pidió que lo hiciera para esta Newsletter, y acá estoy, peleando con las palabras para que me hagan caso y cuenten lo que yo quiero y no lo que ellas dicen.
“La caja de huequitos” cuenta la historia de Armando Romero, escritor y poeta colombiano. Yo no conozco a Armando, pero sé cómo le brillan los ojos y el calor que provoca su abrazo. Una puede escuchar ese brillo reflejado en una carcajada cristalina cuando le explica a Paola que la va a estar mirando a la pantalla y no a la cámara, aunque ella lo vea de lado, para verla mientras platica. El abrazo, sin embargo, lo vas sintiendo despacio, como los buenos, hasta que se cierra bien apretado al final del episodio con un poema suyo:
“Nunca se supo de los sueños hasta que ella vino a despedirse y nos dijo que están hechos de eso que florece, allá adentro, todos los días”.
Armando nació en Colombia y pobre, quién iba a pensar que ese niño inquieto que tocaba los huecos de las balas en las paredes de su Cali natal, lucharía contra sus propias moiras, que lo condenaban a una vida de violencia y dolor, para escribirse propio destino a golpe de rebeldía y pasión.
Una vida enredada en una maraña de coincidencias y casualidades del azar, una pequeña chispa que iba de aventura en llama y de fuego en refugio para construir un equilibrio entre esa apacible vida familiar y un mar de epopeyas por el mundo.
Dice Maruja Torres en una entrevista que "La vida, si no es congregación, si no es gente, no vale la pena". Y me pregunto si no será que los otros nos atraviesan y nos definen, a veces sin quererlo, sólo por existir. Escuchando historias, alrededor de un altavoz o del fuego, siempre pensamos para adentro, en lo que nos toca, en lo que une o separa. Escuchar a Armando contar cómo lograba atravesar a la hierática Academia, que no quería dejar entrar a los poetas a sus filas, es como abonar un poquito uno de esos sueños que, bien adentro, tenía que florecer hoy día. Si no lo dejaban hablar de poesía, él llevaba a los poetas a sus aulas, si menospreciaban sus trabajos, él publicaba cinco más de los que hacían los demás con la misma rebeldía y dedicación. No puedo evitar acordarme de cuando yo también fui inmigrante o cuando no encajé. Cuando mis compañeros se reían de mis zapatos artesanales, allá por el año 89, porque no había globalización y yo venía recién llegada, de un rincón pequeñito del mundo, a Barcelona con once añitos. Recuerdos de ese orgullo raro que me hizo apretar los dientes tantas veces, que me llevó a aprender catalán en menos de un año y a terminar dando clases particulares de gramática catalana apenas tres años después. Y a siempre dar más, aunque no lo pidieran y, sobre todo, porque no lo esperaban.
Escucho a veces que no tiene sentido contar o escuchar historias, mirarse al espejo, romper el muro o conquistar un sueño. Puede ser. Pero yo creo que el sentido no es de nadie, y nadie puede tenerlo. A veces se queda con quien quiera darle hogar y nos muestra cómo es que siempre estamos hechos de las mismas fibras de carne y hueso, de las mismas llamas y también de los mismos huecos.
Si no lo han escuchado, por favor no se lo pierdan, acá está “La caja de huequitos”.