Escribo esto mientras escucho el sonido de los grillos anticipar la oscuridad, el aire fresco mueve las hojas de los naranjos y las bugambilias. Los bombillos se encienden uno por uno y parece como si las ventanas fueran abriendo los ojos para ver la noche. El motor de los autos descansa igual que una jauría cuando se dispone a dormir. Hay una cierta quietud que no tiene olor ni forma, pero siento que me acompaña mientras escribo. Estoy en México, en Querétaro, una ciudad cerca de la Ciudad de México, y escribo en español mientras intercambio palabras en inglés con mi compañera Asa, una profesora de economía de la Universidad de Cincinnati. Hemos venido con un equipo de seis profesores a dirigir un viaje de estudios al extranjero para setenta y siete estudiantes de primer año de universidad, este es el sexto de ocho días de intensas actividades que tienen el objetivo de sumergir a los estudiantes en una cultura ajena, exponerlos a experiencias que enriquezcan su visión y nutran su capacidad de apreciar el valor de otras comunidades.
Ser profesora de español, literatura y cultura en Estados Unidos me ha permitido alimentar un poderoso vínculo con mis raíces, con el idioma, con la historia que late en el fondo del volcán Popocatépetl, entre las piedras que forman las pirámides de Teotihuacán, en las coliflores y lechugas que brotan de la tierra listas para respirar el aire que sostiene los colibríes y las mariposas monarcas. Este es mi primer viaje como catedrática de la Universidad de Cincinnati, y lo hago después de cuatro años de no estar en México. Una pandemia, el embarazo y nacimiento de mi hija Luna, de alguna manera aplazaron mi regreso a la que siempre será mi primera casa, y no sé si es el tiempo que he tardado en regresar, o mi rol de profesora mexicana enseñando en Estados Unidos, lo que me hace encontrarme con un México que redescubro con cariño, desde los ojos de estos jóvenes que nunca han caminado estas calles, ni se han comunicado en este idioma, ni han llenado sus ojos con el azul de este cielo que duerme mientras escribo.
Cada letra que pulso sobre la computadora hace eco en las palabras de Sandra, la protagonista del episodio “Una vasija llena de agua”; al igual que ella, siento que la enseñanza tiene ese poder humano de abrir puertas y ventanas, de construir puentes para que el mundo, en su globalizada y supersónica autonomía, descubra el luminoso valor que posee cada individuo.