La biblioteca de mi infancia, la que me formó como lectora, empezó con la voz de mi mamá. Nos leía por la noche, armando grupo con mis hermanos. No se achicaba con los libros largos ni salvajes mi mamá, La vuelta al mundo en 80 días, por ejemplo, le llevó varias noches leérnosla completa. Mi hermano menor debía tener cuatro años en ese entonces y el libro que ella compró fue la versión original de Julio Verne con todas sus complejidades, entender no siempre le parecía lo más importante en una reunión de lectura. El ambiente le importaba (noche, todos amuchados), los mimos le importaban, la voz le importaba. Las conversaciones también eran importantes, a nosotros nos gustaba interrumpir a cada rato la lectura para preguntar, para apostar cómo seguía la historia, o para salir a hablar de cualquier otra cosa. La vuelta al mundo está llena de aventuras arriesgadas, los personajes ponen en peligro su vida más de una vez. Esos momentos tensos los capeábamos todos juntos, bajo la luz del mismo velador.
De día, en cambio, a mamá le gustaba la rima. Se encargó de que en la biblioteca hubiera mucho libro de María Elena Walsh y de Elsa Bornemann. Como parece que tuvo éxito y se la pedíamos seguido, grabó los poemas en un casete para que lo escucháramos cuando quisiéramos.
Asociar los libros a momentos festivos creo que fue otra de las cosas que mamá hizo bien. Por ejemplo, los domingos podíamos tomar gaseosas y comprar una revista. Cuando los adultos iban a buscar el diario al kiosco, mi hermano mayor elegía un hulk o un hombre araña. No recuerdo que nos regalara libros para los cumpleaños. Pero había fechas fuera de calendario inventadas para regalarlos, por ejemplo, las vacaciones. Habíamos descubierto una librería en un pequeño pueblito patagónico que estaba nutrida de los más hermosos libros. Mamá nos dejaba elegir tres a cada uno. Después los leíamos largamente tirados bajo un ciprés, en tiempos en que no había jueguitos. Desde entonces, libros y vacaciones van muy de la mano para mí. En esa librería descubrí a Michael Ende, y creo que años más tarde mi hermano mayor conoció su primer libro de Minotauro, la hermosa editorial de ciencia ficción. El menor elegía las historietas de Asterix y Obelix, eso nos dejaba a los demás contentos, porque nos encantaban, y no necesitábamos gastarnos una de las tres opciones en Asterix porque sabíamos que Ricardo iba a invertir todo ahí. Claro que Riqui luego se tomaba revancha tardando toooodas las vacaciones en leerlos, bien despacito, así teníamos que rogarle que se apurara para poder disfrutarlas nosotros también.
Los libros había que tenerlos a mano, así que en el mueble se ordenaron de menor a mayor. En los estantes más bajos, los de Riqui, para que los alcanzara fácilmente. La mayoría los heredaba de nosotros y le llegaban bastante manoseados, los libros se podían leer en el piso, sobre el pasto, en la tierra, comiendo sánguches. En los siguientes estantes, toda la colección de novelas de tomos amarillos de Billiken (de Emilio Salgari a Louisa May Alcott). Y con el tiempo, los estantes más altos se ocuparon con la colección de ciencia ficción de mi hermano mayor. Riqui y yo también la leímos, claro. Porque en mi casa la propiedad privada no valía en el rubro libros, valía fuertemente en muchas cosas, sobre todo en las cosas de mi papá, pero los libros, pertenecieran a quién pertenecieran, terminaban todos juntos en esa biblioteca y podía leerlos quién quisiera.