Cuando escuché la historia de Lilian, en el episodio “Dos Montañas” de Recordarte Podcast, me costó terminar de escucharlo, lo que Lilian vive y vivió es la más grande de mis pesadillas, es una lápida de mármol en caída libre al centro del pecho.
Soy mamá. Desde ese miedo aprendí la fuerza de empatizar con todas las formas posibles de criar un ser vivo con amor. Una fuerza tan grande que todavía no entiendo, y manejo torpe y como puedo, una fuerza tan transversal y primera que insiste en manifestarse como vida de una especie rota.
Lilian, colombiana, la mayor de siete hermanos y de una mamá de tan solo diecisiete años. Con una infancia abocada a cuidar a los otros, más que a crecer y explorar sus propios anhelos. Una vida que por mandato de repetición o casualidad fortuita, a los diecisiete años la llevó a ser mamá también de su primer hijo, Julián.
Lilian, que creció pobre y encorsetada en los mandatos conservadores de una educación religiosa y llena de prejuicios, se propuso darle a su hijo toda la libertad y confianza que ella no había tenido. Lo llenó de amor, le dio alas y lo ayudó a salir de su propio país para protegerlo de la violencia y la incertidumbre.
Y un día, a las 9:34 de la mañana, el teléfono de su hijo, que estaba al otro lado del mundo, se apagó para hacerlo desaparecer en una niebla sin rastro.
Estela de Carlotto, reconocida abuela de la plaza de Mayo, dijo una vez que ella había pasado una auténtica tortura buscando a su hija, pero que hoy sabía que la habían matado y quiénes lo habían hecho. También sabía dónde estaba su cuerpo y podía llevarle flores a su tumba, pero había miles de familias que no sabían lo que había pasado y que no se imaginaba infierno más grande para un ser humano que ése.
Y no, lo que no puede nombrarse, no se puede imaginar, lo que no puede nombrarse, no existe aunque así sea.
Cuando Lilian por fin pudo volar a esa tierra extraña, después de juntar recursos y fuerzas para buscar a su hijo, todas sus esperanzas se fueron destripando lentamente por la inoperancia, la indiferencia y la falta de interés en encontrar a un colombiano sin papeles que había desaparecido a los pies de la Montaña Montserrat, a poco menos de una hora de Barcelona.
Así que al infierno de no saber dónde está su hijo, ni lo que le pasó, si está vivo o muerto o si comió, se suma el infierno de que a nadie le importe a tu alrededor. El episodio está contado de una forma tan cuidada y tan económica por Paola Cadena Pardo, que no hay lugar para los golpes bajos.
Uno tiende a llenarse de muchas explicaciones para alejar el dolor de su vida. Para no tenerlo cerca, para que nada le recuerde lo oscuro que puede tornarse este mundo y su dinámica siniestra de tirar brillantina sobre la miseria.
Seguro que escuchar el dolor nos revuelve y hermana pero, sobre todo, ojalá nos pueda despertar de este funcionar perverso de representaciones y relatos felices ajenos que inundan violentamente las pantallas de nuestras vidas, cada vez menos humanas.
Tal vez sólo haya que callarse y escuchar, humildemente, porque si no hay palabras para el dolor, si no es posible nombrarlo, por favor, que sea todo silencio, que ya toca.